Sin embargo, hay que tener en cuenta algunas salvedades. Nordkapp no se encuentra realmente en el continente europeo, sino que está situado en una isla a la que se accede a través de un túnel submarino. Y el verdadero punto más septentrional es Knivskjelodden, un cabo situado 1,5 kilómetros más al norte al que hay que llegar tras una caminata de nueve kilómetros. El rey Óscar II lo visitó en 1873 y aún hoy un monumento conmemora aquel acontecimiento, pero la fama del acantilado siempre se ha basado más en el marketing que en la geografía.
La mayor polémica gira en torno al dinero. Durante décadas, la cadena hotelera que gestiona el centro de visitantes Nordkapphallen cobró a cada visitante hasta 285 coronas solo por acceder en coche a la meseta, independientemente de si utilizaban las instalaciones o simplemente querían caminar hasta el borde del acantilado. Los críticos lo calificaron de monopolio en terrenos públicos y de ataque a la «friluftsloven», el preciado derecho noruego de acceso público a la naturaleza. Hurtigruten acusó públicamente al operador de «obtener enormes beneficios» gracias a este acuerdo y se ofreció a construir una alternativa de acceso gratuito. En 2021, un tribunal de Vestre Finnmark dictaminó, tras un juicio de 11 días, que la cadena hotelera no tenía derecho a cobrar tasas de aparcamiento en lo que es, en esencia, terreno público. El municipio lo calificó de «una victoria para el acceso público a la naturaleza noruega». El caso fue recurrido hasta llegar al Tribunal Supremo. A partir de 2025, las tarifas de aparcamiento se han reducido, aunque no han desaparecido por completo, y el centro de visitantes sigue cobrando por separado la entrada. La situación sigue siendo controvertida.
El propio Nordkapphallen alberga un restaurante, una cafetería, un museo, una capilla y una proyección panorámica. Cerca de allí se encuentra el monumento «Los Niños de la Tierra», instalado en 1988 con aportaciones de niños de todo el mundo.
El trayecto en coche hasta Nordkapp forma parte de la experiencia. La carretera atraviesa una tundra salvaje y sin árboles, donde los renos pastan libremente y los campamentos de verano sami salpican el paisaje. La niebla puede aparecer en cuestión de segundos y ocultar por completo la vista. Cuando atracan los cruceros, miles de pasajeros inundan la meseta, por lo que consultar los horarios de los barcos puede ayudar a evitar las peores aglomeraciones. Para disfrutar de una experiencia más tranquila, los pueblos pesqueros que se encuentran por el camino —Skarsvåg, Gjesvær y Kamøyvær— ofrecen un ambiente ártico mucho más auténtico.